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Horror lejano.


Simplemente estaba allí. No porque no hubiera otras, formaban una verdadera constelación, sino porque yo la veía desde la ventana de mi cuarto y mis padres dormían, y mis hermanos quien sabe, y yo la miraba desde mi ventana.

Insisto, la observaba. Eso no era pecar de obsesivo, más bien se trataba de dejarse llevar por una estrella que brillaba con luz propia.

La estrella, la mía. Sentía este asunto tan personal que cerré con llave la puerta de mi cuarto, abrí aún más la ventana y me entregué sin pudor a esa contemplación.

Quise tomarla en un puño, abrazar la distancia que nos separaba. La estrella era consciente de esto y aumentaba en intensidad, era una pelota amarilla rodeada por pequeñas bolitas opacas destinadas a otros. Era mi deseo, mi motor, mi sentido recobrado.

De algún modo, sentía cierta correspondencia desde la lejanía; el astro parpadeaba a modo de guiño cómplice, haciéndome saber su elección secreta. Quizás la veía distinta, quizás yo resaltaba, allí, asomado a la ventana, quizás buscaba algo entre las multitudes; yo, ella, formábamos un momento íntimo.

Extendí mis manos como si estas sujetaran una soga invisible y atraje a la estrella para dejarle en claro que no quería rodeos. No, iba en serio, estaba predispuesto. Así se lo dije en voz baja, en un susurro sugestivo.

Ella devolvió la llamada y, haciéndose valer de esa soga invisible que yo le otorgaba, comenzó a acercarse, como decirlo, a agigantarse.

Me detuve en seco. Cerré la ventana de un golpe.

Es verdad que me había entregado fielmente al juego, hasta me lo creí. Respeté las reglas, me atuve a las leyes que se formaban en mi cabeza, me volví lúdico por un instante, casi infantil. Pero no esperaba una respuesta, eso no estaba en los planes, esa fase en la que uno logra vincularse con el todo, no, eso no estaba en los planes. En algún punto, es necesario que ese todo te observe hacer TU juego. Incluso esos guiños, esa luz propia, vamos, todo radicaba en mi cabeza y nunca dudé de ello. Quise generar ese momento íntimo, pero era un deseo egoísta con una estrella elegida al azar, estrella que debía quedarse allí, donde los parámetros no se alteraran, donde uno pudiera regresar a la cama y soñar que todo era parte de un sueño, luego ya estabas despierto, ya todo había sido soñado y dejado atrás.

Me acerqué a la ventana: era seguro, la estrella respondió a mi llamada. Venía, se agigantaba a cada paso, si bien era un crecimiento paulatino producto de los años luz que nos separaban.

Pero esa estrella, esa estrella se aproximaba.

Abrí la puerta de mi cuarto. Me envolvían las ganas de comunicar este suceso a mi familia, una mezcla de temor y fascinación.

El cuarto de mis hermanos estaba en silencio. Mis viejos parecían dormir pero no tuve culpa en arrebatarles el momento: -necesito ayuda…-, fueron las palabras que me salieron. Todo se hallaba dentro de un silencio extraño. Había un silbido de fondo, pero podían ser mis propios oídos reaccionando ante el vacío. No me importó destaparlos, ni aumentar la voz; no me importó zamarrearlos, ni gritar para que me escuchase el mismo demonio pero ellos, por dios, no se despertaban.

“Mis padres han muerto”, pensé, y el silbido se volvía más y más agudo.

Avancé a los tumbos hasta la habitación de mis hermanos, abrí la puerta de un golpe y allí estaban ellos. Miraban la televisión, miraban una escena congelada en la que un hombre estaba oculto detrás de un biombo en espera de otro sujeto que husmeaba un lugar que no parecía ser el propio. Mis ojos no mentían, la imagen se encontraba detenida y mis hermanos la observaban sin parpadear, sin respirar. Yacían sentados, fijos, al pie de sus camas. Les grité, les pedí ayuda; parecían muertos, pero no lo estaban, de lo contrario se hubieran desplomado de sus camas y sin embargo seguían allí, sentados, mirando la nada.

Se me cruzó por la mente la idea de un vacío primordial que lo había copado todo. Sentí un peso enorme en mi cabeza, perdí el equilibrio y no supe más nada.

Desconozco cuanto tiempo pasó, pero volví en mí y todo estaba tal cual como lo había dejado. Me daba vueltas la cabeza, no podía respirar con normalidad, pero la situación me exigía conservar la calma. Me incorporé y traté de aclarar las ideas: el suceso no estaba dentro de lo que uno considera como cotidiano. Podía salir a la calle y pedir ayuda pero no sabía realmente cuales eran mis recursos. No se escuchaba un sonido, una voz; yo me escuchaba bien y podía moverme con normalidad. Perfecto, lo que sea, no me había afectado, un pequeño paso para seguir adelante, ¿Qué hora era?, mi reloj daba las doce, plena medianoche, pero se había detenido, podía ser otro el horario, podía estar equivocado, entonces me dirigí a la cocina para comprobar la hora en el reloj de pared que, casualmente, también daba las doce y también estaba detenido, perfecto, segundo dato a tener en cuenta, el tiempo había cesado; decidí correr hasta la ventana de la habitación de mis hermanos, miré la calle, tres autos estacionados, detenidos, congelados, cinco personas en diferentes situaciones, todas estáticas pero en posiciones normales, uno de los autos desprendía un espectro fantasmal, borroso, de su propia figura proyectada, iba a demasiada velocidad y esto quedó plasmado en la escena fija que me tenía como protagonista. Yo pensé “que loco todo esto”, mientras me acariciaba el pelo convulsivamente, mientras me dirigía al espejo más próximo y miraba mi expresión, rayana en la locura.

Traté de conservar mínimamente la calma, pero algo me estaba desbordando. Opté por no caer en la disyuntiva clásica sobre si esto era parte de una ilusión o si estaba sucediendo realmente: en mi cabeza o en el exterior, el fenómeno era innegable; ambas posibilidades me dejaban mal parado. Algo funcionaba mal, ya sea adentro o afuera.

De pronto recordé la estrella, si, la estrella. Cualquier persona ajena a esta situación habría conectado los sucesos inmediatamente, lo curioso es que yo no lo hice. ¿Cómo olvidar el astro luminoso que se acercaba? Entonces, me apresuré hasta mi habitación, miré por la ventana y ahí estaba, un poco más cerca pero lejana aún, aproximándose.

La sola idea de pensar en que yo había provocado todo esto, que ahora esa cosa venía hacia mí y yo sin ningún tipo de ayuda, la mera idea era intolerable. Todo yacía inmóvil, congelado, salvo yo y esa cosa.

Comprendí mi error, si es que pudiera definírselo como tal. Cargaba sobre mí con toda la responsabilidad, al igual que esa estrella tenía cierta responsabilidad desde su movimiento. Algo se había desencadenado, focalicé demasiado mi atención allí y activé un mecanismo secreto. Por otro lado, no servía de nada culparme; solo en mi habitación y con el tiempo detenido; solo a tal punto que esa estrella era ahora lo único que importaba al extremo de dejar en un vacío horroroso todo lo demás. Ya no podía desprenderme de ella, esto era lo que más me aterraba, sino yo mismo corría el riesgo de quedarme vacío.

No podía seguir divagando, debía actuar. ¿Qué, qué hacer? Esa maldita mierda se acercaba desde años luz de distancia y seguía siendo un punto entre miles, más grande tal vez, pero un punto más. ¿Debía permanecer así hasta su llegada? Podía salir de mi casa y pedir ayuda, pero lo que vi desde la ventana me indicaba que todo sería en vano. Desde mi ventana, también era un problema el desde mi ventana, pero el desde mi ventana me mostró las nulas posibilidades.

Tal vez, abrir mi ventana hasta que los goznes chirríen, tal vez asomar más la cabeza, tal vez salir de mi casa y buscar pero ya el horror lejano se había instalado en mí y solo restaba esperarlo hasta las últimas consecuencias.

¿Porqué no atraerlo aún más? Tuve, quizás, la idea más lucida entre tanta confusión. Sin embargo algo en mi mente si, si, muy lindo todo pero, ¿Qué es lo que estás atrayendo? Y yo no lo sé, pero tiene que terminar y de nuevo la réplica está muy bien pero no a cualquier precio, no al punto de sabotear tu instinto de conservación, tenés que dar cuenta de los riesgos y bárbaro, dije yo, ¿cuáles son esos riesgos? Discusión terminada.

Abrí la ventana, desplegué una soga invisible y atraje a la estrella, esta vez con más fuerza, con más determinación. Se trataba de una ley espantosa, pero el poder manipularla me servía como consuelo. La idea funcionaba, esa cosa aumentó su velocidad, se hacía cada vez más grande y yo aferraba la soga con pasión demencial. La aferraba con verdadera necesidad, la aferraba porque era mi única soga, la invisible, el motor y mi sentido recobrado. Transpiraba mi esfuerzo y solo podía observar la estrella, así era de preciosa su implícita contradicción.

Es inútil hablar del tiempo transcurrido entre su movimiento inicial y su llegada, pero la idea funcionó y la estrella, finalmente, se ubicó a algunos metros de mi ventana. Desde allí, se limito a quedar suspendida frente a mí. La sorpresa no fue menor.

Retrocedí sin voltearme y me llevé puestas una silla y la mesa del velador. Al ser dicha lámpara la única luz de mi habitación, todo el cuarto se transformó por unos momentos en un boliche bailable, un verdadero espectáculo de luces y sombras que bailaban a destiempo.

Arrodillado y con el velador rodando por el piso, aún así no pude despegar mis ojos de esa cosa.

Esa cosa no era una estrella.
Atiné a deslizarme hacia el rincón más alejado de la ventana, allí donde nada pudiera
alcanzarme, allí donde pudiera respirar en paz mi propio oxígeno y no compartirlo con nadie.

La criatura, única forma de acercarme a una denominación fiel para aquello que me observaba del otro lado de la ventana, solo esperaba suspendida en el aire: se trataba de un ser de rasgos humanoides, extremidades alargadas, facciones que se asemejaban a ciertos rasgos orientales y su expresión, su expresión era como una expectativa en sí misma.

-¿Qué buscás?-, le pregunté con la voz temblorosa, desconfiando de que ese ser pudiera entenderme. Al parecer si lo hizo, comenzó a emitir una serie de sonidos guturales, algo como gruuarr o glaaaaaatttruat, imposibles de decodificar pero no por eso exentos de cierta musicalidad. Esa criatura cantaba, si, pero su canto era su voz desde la llamada, desde los atisbos de un puente entre mundos lejanos que buscaba afirmarse, acortar las distancias.

“¿Qué quiere de mi?”, pensé, y no tuve las agallas para preguntarle en voz alta. No quería una respuesta, por muy clara que fuese, quería paz de una vez y no sabia del tiempo transcurrido en este limbo sin-tiempo. Tampoco hallé la manera de pedirle que se fuera, me quedé en silencio observando a la criatura con una expresión, quizás, poco sincera. Poco a poco fui bajando la mirada hasta ver el piso de mi cuarto en desorden, mis cosas envueltas por el caos de ese horror lejano, instalado del otro lado de mi ventana, habitando un mundo que no le pertenecía, mirándome hasta hacerme palidecer.

¿Qué te puedo decir?-, le grité,-solo dejame en paz.

El ser pareció comprender el mensaje, tal vez no por su contenido pero la forma fue clara y sin rodeos. Extendió sus manos alargadas hasta tocar la soga invisible que nos unía y la cortó de un tirón abrupto: praccc, escuché. Resultó ser su mensaje más nítido, su decisión más correcta.

El mismo se encargó de cerrar la ventana y mientras lo hacía un buuuuuuuu de una bocina recobrando el sonido gradualmente; la televisión del cuarto de mis hermanos y un disparo, quizás una muerte, quizás un policial, de esos que tanto les gustan a ellos; un ronquido tenue de la habitación de mis viejos; alguien se reía en la calle; dos personas hablaban y sus voces llegaban a mi como algo distante, algo que se pierde detrás de una ventana ya herméticamente cerrada. Todo en silencio. El horror lejano, del otro lado.

Uno de mis hermanos abrió la puerta de mi habitación y me miró con cierta sorpresa:- este cuarto es un desastre, vení a ver una peli con nosotros, es de tiros.

No, le dije, y como quieras, me dijo, vos te la perdés, y no me importa, le dije y ya cerró la puerta, ya se perdió del otro lado de mi cuarto.

Me acerqué a la ventana y pude ver a la estrella en su lugar de origen, allá, a lo lejos. Brillaba con luz propia, pero esa luz se desvanecía, se volvía del montón.

Sentí algo parecido a la tristeza y quise llamarla de nuevo, esta vez sin soga, sin sabor a juego, pero no pude. Tartamudeé mis palabras, que chocaron contra la ventana cerrada y volvieron a mi boca exactamente como salieron, defectuosas e incompletas.

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